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Ejecución - La piedra de Licaón (Parte III/Final) Fic solitario.

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Ejecución - La piedra de Licaón (Parte III/Final) Fic solitario.

Mensaje por Meliodas el Vie Mar 09 2018, 22:08

...con las garras distendidas y abajo; las puntas rasparon por poco el peto de oro sin hacer rasguño alguno, rasgando la tela que le cubría como manto.

Nunca sabría el dorado si fue el contacto con la manta que cubría su identidad, o la frustración y la rabia causadas por tres días de hostigamiento. Sólo supo que debía responder. Y la reacción fue mucho más alarmante de lo que hubiera podido imaginar. Tomó el brazo del animal  con su mano derecha, lo trabó contra el estómago de la bestia, y lo empujó hacia delante en el momento del impacto; simultáneamente, impulsó su pie derecho hacia arriba, dando con fuerza en la garganta del canido. La misma maniobra ejecutada con firmeza ante los soldados de Hades.

El hombre lobo se levantó nuevamente agarrándose el cuello, mientras el santo le esperaba de perfil con la mano extendida en señal de ataque. La bestia se abalanzó una vez más hacia él con las garras dispuestas a partirle el estómago a caballero y hacerlo jirones de carne, pero el dorado, sujetó la muñeca de su atacante, doblándola hacia abajo y retorciéndola en sentido contrario a las agujas del reloj con un movimiento violento; el hombre lobo grito fuertemente en un rugido tremendo y desesperante.

Por último el acuariano juntó los dedos de sus manos, blandiendo los brazos hacia arriba como un martillo, en mitad del cuello. La bestia dio una voltereta en el aire y cayó sin sentido sobre el piso de mármol, terminando de astillar lo que quedaba de aquella mesa. En aquel momento el dorado emanaba un aura azulada que brotaba de su mismo cuerpo, gélida e inmensa que hacía que la temperatura del ambiente descendiese hasta hacer titiritar de frio al hombre lobo, el cual se tocó en la nunca sintiéndose con rabia el bello congelado en aquel punto ciego. El Lobo agarró el hielo entre sus dedos y los destruyo.

Una risa tórrida y destartala irrumpe desde la puerta emergiendo en una explosión desde el suelo, un hombre de extraños dientes aserrados, sin cejas, ojos ojerosos y cabeza calva. Vestía una armadura negra con acabados violáceos. Sin embargo lo más extraño eran sus extensiones de la misma coraza, brazos mecánicos que poseían movimiento propio y se extendían en todas la direcciones.

—Pero mira lo que tenemos aquí —Dijo el espectro mientras reía a carcajadas—. Un doradito, un consentido de Athena, me divertiré contigo viendo cómo te descuartiza mi hombre lobo y después te arrancare la cabeza para llevársela a mi querida y hermosa señora.

El santo arrugo el entrecejo, no esperaba aquello, el hombre lobo se le quería abalanzar encima. Así que ambos serían sus enemigos. Desconocía mucho sobre los espectros y como identificarlos, era la primera vez que veía uno y no sabía cómo actuar. El hombre lobo por su parte dudaba en atacar y miraba de reojo y con temor al espectro.

— ¿Y tú quién eres? —Dijo el dorado dirigiéndose al espectro—. No eres invitado a este lugar.
—Pero por favor, si soy el dueño de este lugar —Decía el espectro mientras extendía las manos y sus tentáculos que parecían acosar a al santo—. Yo, me quedo con lo que quiera y ese de allí, ese perrito es mi lacayo. Más bien, tú eres el metiche.

El dorado volvió a sonreír de medio lado. Y con una esfera de energía azulada la cual destripo en la palma de su mano hizo emerger a cientos de cuchillas afiladas de naturaleza de hielo denso las cuales se precipitaron como viento tempestuoso sobre el espectro. Pues sabía que si aquel ataque caía sobre el hombre lobo se iría abajo toda la misión por la cual había regresado.

El espectro salto al techo, camino en sus cuatro extremidades principales de cabeza sobre el cielo razo, haciendo caer con su movimiento las grandes lámparas que reposaban en la parte superior de la sala. El ataque le pegó de lleno, pero para él, solo fue una leve brisa fresca a lo que se burló con una sonora carcajada de la acción del dorado. Sus tentáculos fueron por el ateniense apresándole en aquel momento y constriñendo su integridad. Sin embargo el Santo poseía una tranquilidad y una serenidad infinita y mantenía los ojos cerrados. El hombre lobo se lanzó de igual forma con sus garras pretendiendo cortar su cabeza.

La cabeza cercenada del acuariano sobrevoló la habitación hasta caer en una esquina después de revotar contra la pared. El espectro bajo del techo y cayó a tierra revolcándose de la risa.

— ¿Eso es todo? —Decía el espectro en medio de su risa—. ¿Ese es el poder de los dorados de Athena?
—Yo no estaría tan seguro de eso —Dijo una voz igual al tono de voz del dorado en aquella estancia.

El espectro miró anonadado la cabeza cercenada del dorado, que se derretía lentamente y el cuerpo del mismo también lo hacía, la luz de luna tenue de los ventanales permitió mostrar a los congruentes que aquellas piezas eran simplemente vil pedazos de hielo, habían sido engañados por un cruel trozo de hielo que imitaba la forma de acuariano. Pronto el espectro empezó a congelarse, quedando petrificado y con la mirada puesta en el joven dorado llena de asombro y dolor. Los efectos del ataque del dorado por fin hacían efecto.

___

Allá en lo alto, coronando la herbosa cima un montículo escarpado, de falda cubierta por los árboles nudosos del bosque primordial y que ahora dejaban caer la nieve derramada en ellos cuando el Santo de Acuario tránsito por sus caminos, se levanta la vieja mansión de donde aquellos seres batallan en formidable pelea. Un castillo que quizás durante siglos sus almenas han contemplado ceñudas el salvaje y accidentado terreno circundante, sirviendo de hogar y fortaleza para la casa altanera cuyo honrado linaje es más viejo aún que los muros cubiertos de musgo del castillo.

Sus antiguos torreones, castigados durante generaciones por las tormentas, demolidos por el lento pero implacable paso del tiempo. Desde las aspilleras de sus parapetos y desde sus escarpadas almenas, muchos varones, condes y aun reyes han sido desafiados, sin que nunca resonara en sus espaciosos salones el paso de algún invasor.

El hombre lobo ve al espectro que yace en el suelo, congelado en el seno del cristal de hielo en el que lo encerró la técnica de dorado, con los ojos mirándole fijamente en una expresión que delataba el sufrimiento en que se sumergía lentamente, ante la mortaja del ángel de la muerte que viene a buscarle. Poco a poco las arterias en los ojos del servidor de Hades perdían su tono rojizo a un azul mortuorio y sus pupilas contraídas elevaban su tono marrón al gris.

El vapor del aire congelado circundante al derredor del ataúd encrespaba el vello azabache de la bestia que despavorida y envuelta en su ira rugió con extremo y dolor como si no resistiese algo dentro de su misma cabeza. Se apretaba las sienes con sus manos y sus ojos rojos incandescentes miraron los ojos ambarinos del santo.

Una descomunal y enorme locomotora negra arremetía contra el acuariano, pero la velocidad de la luz del Santo esquivó a la bestia que fue a dar contra la puerta haciéndose añicos en el acto, como si una bola de demolición actuara contra una pared infranqueable de cemento. La bestia derribaba todo a su paso presa de un dolor desconocido por el mismísimo dorado quien intento entrar en la mente de hombre lobo pero no observó nada dentro solo una oscuridad inmensa y horrible como el sepulcro.

Así fue destrozando cada palmo por el que andaba. Cada alameda del castillo sufría los embates de aquella batalla. Con frecuencia el dorado en medio de aquello se preguntaba que aquejaba a su anfitrión ¿qué atormentaba ah aquella mente? ¿Cuáles eran esos ciertos sueños? ¿Y esa barrera que le impedía entrar en aquella alma? así como a pensar acerca del oscuro mundo al que pertenecen. Aunque la mayoría de sus visiones nocturnas con el hombre lobo desde la noche en que su armadura plateada le cubría le resultaba quizás poco más que débiles y fantásticos reflejos de sus experiencias de vigilia.

Sin embargo aquel dolor sumergía más y más al alma del desdichado maldito, en el atavismo insondable del Hombre lobo. Es decir, una regresión a un tipo ancestral de temperamento y comportamiento. Y aquel dolor acrecentaba aquello.

____

Con el puño derecho puesto en la piedra roída de uno de los pisos de las muchas habitaciones de aquella fortaleza de la soledad, el santo dorado descansaba, agazapado, sudoroso, un ojo inutilizado por la sangre que escurría de su cabeza y penetraba  a este haciéndole arder al contacto con aquella sustancia escarlata. Mientras que con el otro, observaba a una criatura semicongelada que resquebrajaba el cristal en la cual estaba presa. Admitía no saber qué hacer ante como sacar del estado salvaje en que se encontraba su anfitrión. No quería matarle. Su pierna derecha descansaba su rodilla en el suelo, mientras que el otro ayudaba de soporte a su brazo izquierdo. Su respirar era hiperventilado pero tenía que ejecutar una estrategia que le permitiría contener del todo a la criatura.

Entonces pensó, quizás en el castillo exista algo que mantenga dicha maldición. De inmediato salió corriendo, dejando aquella instancia sola con la criatura atrapada en el cristal de hielo. Cada habitación en un pilar nuevo de muebles viejos, tapados con mantas roídas y llenas de telaraña, sucias a tal punto que su color amarillento revelan que pertenencia a un hermoso color blanco hace años. En cada lugar visitado y cada puerta abierta dejaba escapar el olor añejo de aquello que nunca ha visto la luz desde hace mucho tiempo, y que dentro de las esferas de lo posible ningún ser humano ha puesto un pie hace mucho, pero mucho tiempo.

La exploración culminó en la parte abandonada del castillo agotando toda esperanza del Santo, porque sabía que su anfitrión estaba ya tras sus pasos. Estaba en uno de los torreones por lo que pudo ver, bajando a lo que parecía ser un calabozo medieval o quizás un infierno de polvorín subterráneo, más bajo. Mientras deambulaba lentamente por los pasadizos llenos de incrustaciones al pie de la última escalera, el suelo se tornó sumamente húmedo y pronto, a la luz de su cosmos y mi trémulo brillo de su manto, descubrió que un muro sólido, manchado por el agua, impedía su avance.

Girando para volver sobre sus pasos, observó una pequeña trampa con anillo, directamente bajo sus pies. Deteniéndose, logró destruirla petrificándola y congelándola para luego hacerla añicos cuando el metal cedió. El Santo descubriendo una negra abertura de la que brotaban tóxicas humaredas, a cuyo titubeante resplandor vislumbró una escalera de piedra. Tan pronto como el cosmos de su ser se incrementó, el cual había mantenido hacia las repelentes profundidades, ardió libre y firmemente, fue que emprendió el descenso.

Los peldaños eran muchos y llevaban a un angosto pasadizo de piedra que el acuariano supuso muy por debajo del nivel del suelo. Este túnel resultó de gran longitud y finalizaba en una masiva puerta de roble, hedionda por la humedad del lugar, y trasegada por fuertes cuchilladas desde su marco hasta el fin. Al analizarlas el santo descubrió que aquello se trataba del portentoso impacto de las garras del hombre lobo.  Sin previo aviso, escuchó el crujir a sus espaldas de dientes al rechinar. Era el huésped maldito del castillo, quien aun con pequeñas incrustaciones de hielo se abalanzaba con prontitud sobre el santo atravesando ambos la puerta mohosa.

Cuando el dorado volvió en si, finalmente la figura lobuna habló con una voz grave que le hizo estremecer la personalidad fría del Santo. Era una honda de impiedad e implícita malevolencia. El lenguaje empleado en su discurso era el decadente latín usado por los menos eruditos durante la Edad Media, y el ateniense lo entendía, gracias a sus prolongadas investigaciones en los tratados de los viejos alquimistas y demonólogos del Santuario.

—Ayúda… me —Eran aquella palabra que forzosamente tarareaba la criatura, mientras se apretaba la sienes de su cabeza con las dos manos—. ¡Ayu… ayúdame!

Una de sus manos rasguñaba el pecho de sí mismo como quitándose algo de bajo del grueso pelaje. Y allí fue donde brillo aquello. La criatura señalaba un collar que tenía alrededor de su cuello. Un rubí como los ojos iracundos de aquella criatura.

Trato de arrancar y de empalar el amuleto. Solo valía un ataque más, pero no era contra su anfitrión era con aquel amuleto maldito en el cuello de la bestia el cual luchaba por quitárselo. Solo había algo que podía congelar y destruir la densidad de las armaduras hasta hacerlas añicos. Era el frio absoluto, una temperatura aun no alcanzada del todo para el santo de acuario. Pero tenía quedarlo todo para poder llegar aquel nivel.

En aquella habitación, el tiempo mismo se detuvo. Los ojos de ambarinos del dorado se clavaban sin más sobre aquel accesorio de terror inexorable. Todo a su derredor se tornó blanco en aquel instante. La cruenta baldosa, la pared enmohecida y llena de musgo. Enfrente el dueño de la fortaleza negra en la cual ellos estaban, abría sus manos mientras el rubí, por un mágico brillo confería al rostro del santo un tono rojo.

—Ahora con esto ya no queda nada más. —Dijo el acuariano mientras arrancaba su embozo roído de su peto con violencia—. No tengo el conocimiento para hacer uso del cero absoluto, así que quizás moriré.

Y elevando sus brazos por encima de su cabeza, el héroe dorado invocó su cosmos una vez más y junto las manos.

—Pero te liberare de tu sufrimiento con esta ejecución —Sus manos brillaron cual nítida luz de luna mientras abría las piernas para apoyarse en el suelo. Su cosmos se transmuto al brillo de un dorado. Elevándose por encima de su cabeza—. Mi mejor arma para liberarte. La esencia del frío. ¡Ejecución de Aurora!

Y bajando los brazos de un solo golpe con dirección a aquel amuleto, un rayo incandescente de luz multicolor surgió de las manos de acuario dirigiéndose a toda velocidad al amuleto, pero su delgadez era tan fina que emitió un sonido agudo destrozando con ello todo objeto de vidrio y cristal. La onda envolvió a la criatura, mientras los ojos ambarinos del dorado se cerraban ante la energía invertida.

En aquel momento en el que el collar se rompe, la bestia se transforma en un hombre joven de cabello negro completamente desnudo. El santo cae de rodillas y después de bruces al suelo.

___

Sus ojos se abren, esta acostado en una camilla. El joven de cabellos negros yace a su lado, cubierto por sabanas y empapado en llanto. El cuarto es un revoltijo de pergaminos, volúmenes de libros desojados y apilonados unos encima de otros, elaborando montañas de papel de varias alturas. Estanterías repletas de libros.

Alrededor de las paredes de aquella repulsiva habitación había féretros de antiguas momias alternando con hermosos cadáveres que tenían una apariencia de vida, perfectamente embalsamados por el arte del moderno, y con lápidas mortuorias arrancadas de los cementerios más antiguos del mundo. Aquí y allá, unas vasijas contenían cráneos de todas las formas, y cabezas conservadas en diversas fases de descomposición.

Había estatuas y cuadros, todos perversos y algunos realizados por la mano de aquel príncipe. Un portafolio cerrado, encuadernado con piel humana curtida, contenía ciertos dibujos atribuidos a Goya y que el artista no se había atrevido a publicar. Había allí nauseabundos instrumentos musicales, de cuerda, de metal y de viento en los que quizás se producían a veces disonancias de exquisita morbosidad y diabólica lividez; y en una multitud de armarios de caoba reposaba la más increíble colección de objetos sepulcrales nunca reunidos por la locura y perversión humanas.

Una estancia secreta, subterránea, donde unos enormes demonios alados esculpidos en basalto y ónice vomitaban por sus bocas abiertas una extraña luz verdosa y anaranjada, en tanto que unas tuberías ocultas hacían llegar hasta los presentes los olores que su estado de ánimo apetecía: a veces el perfume de pálidos lirios fúnebres, a veces el narcótico incienso de unos funerales en un imaginario templo oriental, y a veces la espantosa fetidez de una tumba descubierta.

—Afortunadamente, tuve el valor de destruirla mucho antes de pensar en destruirme a mí mismo. —Dijo aquel hombre entre sabanas mientras el dorado se colocaba de pie y se frotaba la cabeza ante el dolor, sin embargo la tos lanzó a su mano una increíble cantidad de sangre que no pudo contener—. Cuidado por favor.

El hombre le socorrió colocándole una vez más en donde reposaba.

—No puedo revelar los detalles de mis brutales expediciones —Dijo el hombre de cabellos oscuros el cual al instante le recordó aquel hombre en la obra de arte del comedor—. Ni nombrar el valor de los trofeos que adornaban el anónimo museo que cree en la monolítica casa donde vivo, solo y sin criados. Mi museo era un lugar sacrílego, increíble, donde con el gusto satánico había reunido un universo de terror y de putrefacción para excitar mi viciosa sensibilidad. Las expediciones, en las cuales recogía mis tesoros, eran siempre memorables acontecimientos desde el punto de vista artístico. No era un vulgar desenterrador de muertos, sino que trabajaba únicamente bajo determinadas condiciones de humor, paisaje, medio ambiente, tiempo, estación del año y claridad lunar.

El hombre se levantó para acariciar sin tocar lo que quedaba del collar maldito del cual aún se desprendía el gélido frio del cero absoluto, sus dedos se recubrieron de blanca escarcha y prosiguió su habla.

—Aquellos pasatiempos eran para mí la forma más exquisita de expresión, y brindábamos a sus detalles un minucioso cuidado y fue así como descubrí el maldito lugar que acarreó sobre mí una espantosa e inevitable fatalidad. Creo que fue el oscuro rumor, la leyenda acerca de alguien que llevaba enterrado allí cinco siglos, alguien que en su época fue un saqueador de tumbas y había robado un valioso objeto del sepulcro de un poderoso.

—A veces hay puertas que son mejor dejarlas cerradas —Dijo el dorado mirando el techo en un punto incierto, mientras callaba para que su anfitrión prosiguiera.

—Así es, mucho era lo que quedaba del cadáver a pesar de los quinientos años transcurridos. El esqueleto, aunque quebrado en algunos sitios por las mandíbulas del ser que le había producido la muerte, se mantenía unido con asombrosa firmeza, el descarnado cráneo con sus largos dientes y sus cuencas vacías quizás habían brillado unos ojos con una fiebre semejante a la mía. En el ataúd había un amuleto de exótico diseño que, al parecer, estuvo colgado del cuello del durmiente. Representaba a un sabueso alado, o a una esfinge con un rostro semicanino, y estaba exquisitamente tallado al antiguo gusto oriental en un pequeño trozo de rubí. Mi desgracia fue ponérmelo. Desde aquellas noches mi paranoia se acrecentó, enfermo caí en desgracia y perdí el conocimiento hasta hoy. Gracias a ti vuelvo hacer quien soy. Busque por mucho cada vez que volvía de mi desgarradora forma, el método que me sacara de mi maldición, pero no podía.

—Ese objeto a la vez te mantenía al servicio de un espectro. Un espectro de Hades. La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido.

FIN

Acumuladas: 86


El poder no reside en la clase de armadura que te cubre, sino en que tanto hagas encender tu cosmos.
Saint de Oro de Sagitario

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