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Regresa al santuario como Caballero

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Regresa al santuario como Caballero

Mensaje por Meliodas el Lun Mar 27 2017, 22:43

REGRESA AL SANTUARIO COMO CABALLERO.


Meliodas creció bajo el tutelaje de su padre, un reconocido soldado raso al servicio de Athena, quien fue candidato a caballero y nunca pasó las pruebas del último combate. Su estirpe sigue la tradición espartana más legalista que pueda existir en el entrenamiento de un guerrero. Pues cuando Meliodas nació, como todos los descendientes de su familia fue examinado rigurosamente. Si hubiera sido pequeño, débil, enfermo, o deforme habría sido asesinado. Desde el momento en que pudo permanecer de pie fue bautizado en el fuego del combate, pues era entrenado con otros niños de su estirpe en las técnicas marciales de la espada, el escudo y el arco, especializándose en este último. Se le enseñó a nunca retirarse, a sacar de su voluntad toda su valentía y entereza, a nunca rendirse,  enseñándole que morir al servicio del Santuario y a la sagrada Athena en el campo de batalla era lo más glorioso que podría conseguir en su vida.

Se le enseñó que debía servir a sus compañeros antes que mandarles u ordenarles, a nunca ser un instrumento de carga, primero morir antes que ser el impedimento de victoria de otros. Cada día de su existencia fueron duros, pues no había día en que no tuviese algo de sangre que proviniese de alguna herida o laceración. A los siete años el niño fue arrebatado de su madre y de los cuidados de su padre para seguir su entrenamiento bajo el tutelaje de otro maestro santo al cual sirvió su progenitor. Fue pasado a un mundo de violencia de grandes proporciones, pues Meliodas precedido por 260 años de una estirpe de caballeros y soldados al servicio de la gran Diosa de la guerra y la justicia tenía que prepararse para ser el mejor. Su maestro santo, uno de los más terribles entre los ochenta y ocho caballeros, lo obligaba a luchar, a robar para sobrevivir, lo mataba de hambre y de ser necesario a asesinar. Cada vez que no obedecía, lo castigaban a latigazos y a golpes de vara, pues no debía demostrar dolor, llanto, ni piedad.

Sus últimas pruebas eran de las más crueles. Una vez lo arrojó a que sobrevivirá en las montañas escarpadas del Santuario, otra a que se enfrentará al ardiente sol en un impresionante desierto, algunas veces a que se refugiara en cuevas o a que se enfrentará al funesto frío de la noche. El maestro santo lo dejaba a su suerte, a que desafiara a la furia de los nevados picos de los montes, a la ira de la naturaleza, desnudo y como único compañero un arco sin ninguna flecha. Hasta que le fue dada la misión de hacer guardia a cierta aldea en las cercanías hasta que llegara la presencia de su maestro. Por nada en el mundo podría moverse del lugar. Y así fue, dirigiéndose al poblado lo vio sumido en la llamas, lo vio tan familiar que le llamó la atención y recordó que aquel lugar era su hogar.

Rápidamente corrió hacia el seno del fuego y encontró a cientos de cadáveres esparcidos por toda la inmediación, hasta que se encontró con la que era su madre, le abrazó y le contó a Meliodas cuanto lo habría extrañado hasta que sintió el acero frío atravesando las carnes de su propio vientre, su misma madre le clavaba una daga y lo lanzaba al suelo, para después transfigurarse en una terrible entidad demoníaca, parecía tener pelaje negro como la noche recubriendo sus brazos, tenía una violácea armadura de la cual se desprendían garras filosas, tenía los ojos rojo brillante haciendo tributo al averno, olfateaba como un gigantesco lobo, y decía que comería sus carnes al finalizar la noche. Era un terrible espectro que reía a carcajadas ante la debilidad de Meliodas. Aquel ser le contó que su madre y su padre no habían sobrevivido al ataque y que con gusto los había acribillado en saldo a una vieja deuda y que ahora acabaría con Melodías extinguiendo así la estirpe de los guerreros de su familia.

Meliodas se internó con llanto en sus ojos a las sabanas de la oscuridad y la paz de la muerte. Pero desde aquella paz su padre le abofeteaba, su madre y su maestro también lo hacían recordandole que solo los débiles se rinden. De pronto una chispa hirvió dentro de su ser, algo que nunca había sentido, un calor impresionante, una bomba de grandes proporciones cósmicas lo hizo levantarse, nunca antes había sentido el poder del universo latir en su ser. Y tomando el arco de madera, aquella aura se transfiguró en una flecha dorada, sus manos firmes contra el viento inminente, su técnica perfecta. La saeta dorada se disparó contra aquel espectro. La flecha atravesó por completo al desdichado enemigo directo en el corazón muriendo instantáneamente. Pero sintió que se desvanecía de nuevo. Unas manos lo salvaron de caer. Era su maestro quien llegaba a su rescate quien le advirtió que no obedeció  a la orden de no moverse del lugar que le había indicado.

El niño se convierte en hombre, regresaba al Santuario como caballero. Han pasado más de cinco años desde el espectro y la aldea en llamas. Ahora, como en ese entonces, una bestia se acerca. Paciente y segura, saboreando la comida que llega. Esta bestia está hecha de hombres que amenazan a la Diosa. Un ejército de esclavos llenos de miedo, inmenso más allá de la imaginación listo para devorar a la paz terrestre. Listo para extinguir la única esperanza del mundo por la razón y la justicia. Hades y sus espectros vienen a sembrar el terror. Y la diosa necesita de los mejores. Meliodas es ahora el nuevo santo de Sagitario.
Saint de Oro de Sagitario

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